LEJOS DE CASA

Los viajes de Landa

24/05/2017 Día D +174

Aguacate

Municipio

Tumaco

Departamento

Nariño

Landa, Lan-da, la palabra se descuelga por la garganta mientras baja la mandíbula y hay quien al oírla podría pensar en África, en Malawi, Tanzania. Lwanda, Luanda, Landa. Aunque hay un Landa Hill en la sabana del África occidental, en un parque nacional en el noreste de Nigeria, el apellido Landa parece venir de otro continente. Hay quien menciona Italia, pero la mayoría habla de Euskal Herria, o el País Vasco, como le llaman en español: Landa, nombre de una localidad en Ubarrundia, páramo arenoso, tierra de plantas silvestre, llanura inculta.

Landa es también un negro alto de pelo largo y trenzado nacido en la vereda Aguacate, en la manigua de Tumaco adentro, entre el Río Mejicano y el Mira. Se llama Wilfrido, Wilfrido Landa. En periódicos se le vio vestido de blanco y con un gorro rastafari ocultando la mitad de sus trenzas, un collar largo de cuentas de colores y algunas canas pintado de gris las patillas que alcanzaban a verse al borde del tejido negro, rojo, amarillo y verde. A Landa se le vio posando rígido junto a otros que, provenientes de diferentes regiones de Colombia, comparten historias de dolor y guerra. Se le vio estrechar las manos de funcionarios y guerrilleros.

A Landa, se le ha visto sonriente bajar de aviones en diferentes aeropuertos de Estados Unidos, concentrado y ansioso en La Habana, aterrado y sin aliento en Cali y Bogotá.
Los viajes de Landa empiezan en el agua, en canoas talladas en troncos de chachajo, de chaquiro o purga; y en la tierra, viajes a pie por los caminos apenas dibujados en los rastrojos de Aguacate, una de las 15 veredas que hoy conforman un territorio de propiedad colectiva de las negritudes: el Consejo Comunitario Rescate–Las Varas.

Su mamá: agricultora, panadera, enfermera, partera y madrina de más de cien nacidos en la vereda. Su papá: agricultor y, linterna en mano, vigilante de Mar Agrícola, una empresa de cultivo de camarones; hasta que un día de Marzo, 30 años atrás, lo encontraron flotando en el agua con agujeros de tres disparos.

Después de la muerte del viejo, Landa abandonó la escuela y empezó su romería, el primer gran viaje: tres años por Valle y Putumayo. “Trabajando en la Rusa: paredes, enchapes, resanes, cosas suaves”. En el año 2000 Aguacate lo vio retornar, también lo vio Soledad , “es que yo no regresé con la ansiedad de terminar el bachillerato, sino pues, más bien continuar con el tema marital. Nos juntamos con Soledad y en el 2002 llegó la niña Flor “.

Antes de irse a lo que llama sus “vacaciones de tres años”, Landa y otros jóvenes de la comunidad habían recorrido los caminos de las veredas buscando a los hombres y mujeres del territorio, negros como ellos, para hablarles de la posibilidad legal,
insólita hasta el momento, de titular aquellas tierras colectivamente, esas que ancestralmente habitaban y que eran consideradas “baldíos de la nación”. Con la constitución de 1991, Colombia se reconoce como una nación “multiétnica y pluricultural”. Uno de los derechos fundamentales que implica ese reconocimiento es el derecho a establecer unos territorios donde las comunidades, étnicamente definidas, puedan ejercer ciertos niveles de autonomía, esta figura ya existia para los indígenas pero no para las comunidades negras.

El Consejo Comunitario Rescate–Las Varas finalmente se conformó en 1999, el 14 de Marzo, cuando Landa aún andaba los caminos de Putumayo, pero desde su regreso no sólo se ocupó de echar a andar la tierra en Aguacate, sembrar palma aceitera y levantar una casa con Soledad y Flor, también recorrió todas las veredas de nuevo y en el 2007, fue elegido Representante Legal del Consejo. En el 2010, la comunidad en Asamblea, lo reeligió para ocupar el cargo.

Tumaco-Bogotá, 2013

Son las 12 del día, y del otro lado del teléfono, suena esa voz que ya conoce: es El Jefe. Landa intenta preguntar por el documento mencionado, por La Habana. Respuestas afiladas, socarronas. Usted está declarado objetivo militar, si encuentro su sombra, mato a esa sombra; el documento a La Habana, diciendo que yo, que las FARC hacemos desmanes en Tumaco: muertes, secuestro, extorsión, narcotráfico. Objetivo militar, objetivo militar.

Aún sin entender las razones, está claro que hay que huir cuanto antes de Tumaco. ¿Pasto? no. ¿Cali? no. Hasta allí llegan los largos brazos de El Jefe. ¡Bogotá! Son poco menos de las 5 y el vuelo a Bogotá está cerrado, el siguiente despegará a las 7 de la mañana. Sólo abordarán ese avión Landa y José, el Presidente de la Junta, ya que el dinero del gobierno de Tumaco no alcanza para sacar a los demás y sus familias de inmediato. Se trata de toda la junta de gobierno, 10 familias, 43 personas, toda la junta de gobierno del Consejo y los suyos, muy cerca uno a otros en un habitación del hotel La Sultana. Noche larga y de susurros, noche en blanco.

Los dos están de pie, rozándose los brazos húmedos, las espaldas contra la pared de la pequeña sala de espera con la que el pasajero se estrella tan sólo al cruzar el umbral del detector de metales del aeropuerto La Florida, en Tumaco. Landa levanta la mirada al descuido, busca la pantalla del televisor sobre la puerta de embarque, ahí cerca están recostados dos tipos, los reconoce con sólo ojearlos. El lapicero que lleva en su bolsillo dibuja letras nerviosas. José ve el papel que Landa desliza frente a él, a la altura de su cintura: el de camisa azul y el de camisa negra. José levanta la vista hacía la pared del frente y cuando su mirada se estrella con los tipos, deja correr otra lágrima.

Esconderse, una llamada, otra. Afuera, entre las maletas, la gente y los carteles donde se lee ¡bienvenido!, esperan el de camisa azul y el de camisa negra

Escabullirse, desaparecer entre el barullo y el anonimato de las calles de Bogotá. La casa del amigo, de aquel otro, la residencia de protección, los escoltas, las camionetas blindadas, la gente armada protegiéndolos de gente armada. Los viajes entonces fueron a los cubículos y los formularios: Personería, Procuraduría, Fiscalía, Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, la historia del destierro una y mil veces narrada.

“En Aguacate se quedó todo. Todo: la casa, el ganado, la tierra. Todo. Cuando la profesora de Psicología pregunta por el proyecto de vida, yo digo: se quedó en Aguacate.”

Tumaco, 2007

Landa aún lo recuerda, fue en el 2002 o 2003, Flor era diminuta todavía. A San Luis Robles, un poblado de la comunidad, en medio del amanecer, fueron llegando cientos de hombres vistiendo camuflado y con las armas desenfundadas. Sacaron a la gente de sus casas y las condujeron al parque central “eso fue una reunión grande y ahí la comunidad les dijo a los miembros de las FARC que ellos no los necesitaban, ni a ellos, ni a los otros , que hicieran el favor y desocuparan. Eso sí era mucha valentía de la gente enfrentarse, no con armas sino con palabras, con las FARC”.

Lo que vino después de esa época está en boca de todo el mundo por Tumaco, aumentaron los cultivos de coca, fueron llegando colonos y raspachines de Putumayo y Caquetá y con la coca y el dinero del negocio, llegaron también los Rastrojos “ellos eran grupos paramilitares, pero tampoco eran personas que vivían en la comunidad. Después empezaron nuestros jóvenes a ingresar a estos grupos y ahí es que ya se ve más permanente a esta gente, pero tampoco se les da, digamos, el auspicio de que llegaran o se quedaran, simplemente iban por lo que iban: por la coca. Llegaban, recogían su producto y así mismo salían”.

En canoas subiendo a contracorriente ríos y caños, con el cuerpo contra la espalda de un motociclista dando tumbos sobre los caminos de tierra con manigua a un lado y coca al otro; de una vereda a la siguiente, de la casa de un vecino horas arriba por el monte al casco urbano de Tumaco para reunirse con las autoridades de la alcaldía, de la gobernación al campamento de los guerrilleros y de vuelta a casa, a la mujer, a los hijos, a rozar la palma, cosecharla y venderla porque hay que comer, porque faltan cosas en casa y luego de vuelta a la canoa, al moto taxi, a los caminos. Así eran los días de Landa, de José Félix, de Henry Adolfo, semejantes a los de Dargen, Jenny, Segundo, Jesús, Harry, Rubén, María, Diógenes, Wilfrido Octavio, Alí, Segundo, Publio, Jesús Francisco y los de Yudy.

“A pesar de que carguen las armas, esa es gente con la que uno puede conversar, hablar, discutir. Ellos entienden, uno entiende y es normal, pero para el Estado Colombiano no es viable que uno como líder, como civil lo haga; no es viable. Pero pues nosotros que vivimos en los rincones, en las riberas de los ríos, que vivimos en la selva prácticamente desamparados del Estado, nos toca interlocutar con esta gente porque pues ellos están en nuestro territorio”.

Por las veredas de Tumaco se iba viendo más el verde brillante y encendido de la coca, tan diferente del color apagado y monótono de las extensiones de palma, o del verde lleno de matices del bosque virgen. También los colores de los armados se veían con más frecuencia, con más cercanía. Había quienes no podían salir del territorio, quienes no podían entrar. Tres muertos allá, dos familias desterradas más arriba, muertos a cuenta gotas. Invitaciones que no se pueden declinar: a un campamento, a una movilización, invitación a entregar 50 millones de pesos. Susurros de muerte que llegan a la hora del partido de fútbol en la vereda, que suenan en las voces de los conocidos, rueda el balón y alguien ve alejarse la calma. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, amenazados, hostigados, asesinados.

“En el 2007 la comunidad acude a sus líderes, a los que estábamos al frente del Consejo comunitario y son ellos mismos, la comunidad, la que decide salir de lo ilícito, porque se dan cuenta que la coca estaba llevando bandolerismo, paramilitares, FARC; mejor dicho, todos los grupos, y no había cohesión comunitaria, o sea la cohesión se estaba perdiendo con los jóvenes, pues se estaban yendo si no a un grupo a otro, para ellos no había oportunidades de ningún tipo, ni de trabajo, ni de estudio. Entonces la comunidad toma la decisión de salir de eso, pero entonces nos dicen a los líderes: ¿qué vamos a hacer? Si nosotros salimos de la coca, que es lo que nos está dando para el arroz, para el agua de panela, entonces ¿de qué vamos a vivir?”

Tumaco – EE.UU, 2011.

El avión es grande, más grande que los que van a Cali y a Bogotá. Luego otros más pequeños, a lo largo de un mes, que aterrizan uno a uno en 8 aeropuertos diferentes de los Estados Unidos. Entre los pasajeros, Landa, representante legal de Rescate–Las Varas, desciende. Anda los pasillos y arriba a las oficinas del Departamento de Estado, de Justicia, de Policía, del Pentágono. La palabra coca suena en español y tras ella: Sí se puede, territorio, colectivo, vereda, negritudes, consejo, comunidad, cacao, pancoger. A lo mejor, quienes lo oyen notan lo que puede ver alguien transitando los caminos de Tumaco, o de otros rincones periféricos de Colombia: junto a las matas de coca, no hay caricaturas de narcotraficantes como las que esbozan películas y telenovelas. Quienes están junto al arbusto de coca –no junto a los cargamentos de cocaína– son agricultores, gente con nombre propio que conoce las plantas, la tierra, el bosque y el agua.

Sí se puede Las Varas se llamó el programa concebido por la comunidad y apoyado por la Gobernación de Nariño.

“Iniciamos sustituyendo la coca en 1.252 hectáreas que se asimilaban a 1.252 familias que en ese entonces tenía el Consejo Comunitario. (Las hectáreas que antes estaban sembradas de coca) las cambiamos por seguridad alimentaria. Sembramos yuca, plátano, tomate, fríjol, maíz, arroz. Cada familia sembraba una hectárea, pero lo del pancoger no fue todo. Cierto porcentaje era para pancoger, para transformación un porcentaje y para trueque otro, por decir, si tú sembrabas maíz y yo sembraba el arroz entonces hacíamos intercambio. Un 10% de esos productos, lo que sobraba, era para venderlo a nivel municipal”.

Sí se puede implicaba, además, unos acuerdos con el Gobierno Nacional para detener la aspersión aérea de veneno sobre su selva, sus ríos, sus cultivos, su gente y la coca; también debía suspenderse la erradicación manual forzosa. El argumento: sería la misma comunidad quien voluntariamente arrancaría las matas de coca y las reemplazaría con otros cultivos.

“Ellos (los funcionarios en EE.UU) se asombraban cuando les decía que todo eso se hacía en medio de las FARC y que en esa época nosotros les dijimos a la guerrilla: este es un territorio colectivo, ancestral. Es de nosotros. Aquí la ley somos nosotros. Ellos (los funcionarios en EE.UU) preguntaban que ¿dónde sacábamos la fuerza para hacer eso? Y yo les decía: en la comunidad está la fuerza, porque en esa época la comunidad nos apoyaba. Es que era toda la comunidad que quería salir de ese gusto por la coca. Éramos un territorio que quería salir de lo ilícito pero con unas propuestas alternativas, que no eran hechas desde un escritorio de un profesional, sino que eran propuestas hechas desde la perspectiva de la comunidad, entonces eso nos abrió muchísimas puertas a nivel internacional.”

Bogotá- Cuba, 2014.

Al arribar a la isla descienden por la escalera y ahí, junto al avión, están Victoria Sandino y Marcos Calarcá de las FARC, una delegación de Cuba y de la Embajada de Noruega que extienden las manos y los saludan uno a uno. En camionetas del Gobierno cubano viajan los 18 kilómetros que los separa de la ciudad.

“Al llegar nos pasan a una sala donde esta gente, ya más formal, nos saludan, y empiezan a conversarnos: que no tengamos miedo, que digamos todo, o sea la misma FARC, Calarcá y Victoria, dicen que digamos todo, que ellos quieren es escucharnos a nosotros las víctimas, que quieren que saquemos todo el dolor y de una nos piden perdón cuando estamos en esa sala, que los perdonemos por todo el daño que se ha hecho a cada uno, a Colombia, es lo primero que nos dicen ellos y uno se siente como: ¿aquí qué pasó? porque uno iba como predispuesto a encontrarse con ellos. Después pasamos a una sala donde hay un… o sea una… donde están los periodistas, y ahí damos una declaración”

De entre las 8.405.265 víctimas registradas del conflicto armado en Colombia*, 60, organizadas en 5 grupos, fueron invitadas entre Agosto y Diciembre de 2014 a tomar un avión rumbo a La Habana donde, con su voz, intentarían “reflejar todo el universo de violaciones a los derechos humanos e infracciones al DIH”, como pidió la mesa de negociaciones del Gobierno Colombiano y las FARC-EP, con el propósito de robustecer el acuerdo que debía cimentarse en las necesidades de las víctimas.**
Cifra oficial documentada en el Registro Único de Víctimas, la cifra recoge los casos ocurridos desde el 1 de enero de 1985, con corte del 1 de abril de 2017.

** La selección fue hecha por el PNUD (Programa de las Nacionales Unidas para el Desarrollo), la Universidad Nacional de Colombia y la Conferencia Episcopal, exhortados por la mesa de negociación del Gobierno colombiano y las FARC-EP.

Amenaza, atentado, desaparición, ejecución extrajudicial, homicidio, masacre, mina antipersonal, reclutamiento, secuestro, tortura, desplazamiento forzado, violencia sexual.
Entre los viajeros había civiles, militares, empresarios, sindicalistas, religiosos, académicos, periodistas. No sólo hubo afectados por la Fuerza Pública y las FARC, también por paramilitares, el ELN (Ejército de Liberación Nacional), las bandas criminales y un caso de afectación por multinacionales mineras. Mujeres, hombres, representantes de la niñez, de la comunidad LGBTI, de las personas con discapacidad, de los afrodescendientes, de los indígenas y un líder de los campesinos.

“Por el caso de desplazamiento forzado de la Junta de Gobierno (de Rescate-Las Varas) fui elegido para ir allá. Me llamaron un día miércoles y me dijeron que había sido elegido para ir a La Habana en la cuarta delegación, que si yo estaba dispuesto a ir, que bueno, que no se podía hablar con nadie de esto, ni la prensa, ni nada, nada, nadie, ni a mi señora. Le dije: sí claro yo estoy dispuesto a viajar. Ese mismo día a la madrugada le conté a Soledad, ella dijo: si usted está dispuesto y quiere ir, vaya.”

A 11 de los 12 que conformarían el cuarto grupo los reunieron en un hotel del norte de Bogotá, antes de embarcarse rumbo a Cuba. El invitado número 12 era Tulio Murillo, un guerrillero de las FARC que, desde una cárcel en Colombia, hablaría a través de un video como víctima de amenazas.
Ya en La Habana, tras los saludos protocolarios, los condujeron a un hotel. A las 8 de la mañana los esperaba el evento donde cada uno tendría unos minutos para narrar lo sucedido.

“Esa noche fue interminable, o sea, yo no sabía qué iba a decir, yo no sabía. Todo lo que había escrito para decir, todo el libreto se me había olvidado. Al otro día a las 7 de la mañana nos levantamos y nos recogió una camioneta para llevarnos al salón donde íbamos a hacer la intervención.”

Los 11 esperaban alineados en el orden en que entrarían, uno a uno, a hablar durante 15 minutos sobre el hecho, o los hechos, que les cambiaron la vida para siempre.

“Yo estaba como en el puesto 10, sí, en el puesto 10. Había un compañero y luego se presentaba el video de Tulio y ya, me tocaba mi turno, los 15 minutos que me correspondían. Pero cuando uno empieza a hablar se le vienen todas las ideas y todo lo que ha sucedido y yo empecé a hablar y de pronto el padre me alzó la mano allá, que mirara el reloj porque ya pasaban los 15 minutos; pero me parece que he hablado un minuto –le dije al padre–, es que no he terminado lo que les tengo que decir a esta gente. Me dieron como 5 minutos más y ya”.

Tras la intervención de todos, hubo un almuerzo. Landa estaba sentado frente a una funcionaria de Naciones Unidas que de repente le indicó con el dedo sugiriendo que girara su cuerpo, alguien que estaba en su espalda quería hablarle. “Era Iván Márquez. Quería que me fuera a sentar a la mesa de ellos, me dijo que le contara en detalle mi caso. Yo les digo: en Tumaco la que vende minutos es extorsionada, el que vende pescado es extorsionado, allá se están cometiendo infracciones de los Derechos Humanos de una manera increíble. Les hablé de los desmembrados, porque allá desmembraban a las personas, todo eso les dije y ya entré en detalle en mi caso. Ese señor quedó asombrado, me dice: nosotros sí sabemos que tenemos unos compañeros que están haciendo cosas que están fuera de nuestros alcances y fuera de nuestros mandatos pero, eso lo vamos a corregir, así lo dijo. Seis meses después el ejército dio de baja a alias “Oliver”, uno de los comandantes. En ese momento, ya “El Jefe”, la persona que nos sacó a nosotros de Tumaco, había sido capturado.

Ese 25 de febrero de 2014, Landa, Soledad y muchos otros lo vieron por televisión y lo leyeron en letras grandes en periódicos de tiraje nacional. Cae el ‘Terror de Tumaco’, cabecilla del narcotráfico vinculado a las FARC. En zona selvática de Tumaco cayó alias ‘El Jefe’. El guerrillero es investigado por varios atentados. Le fueron decomisados un fusil, una pistola de calibre 5,6 milímetros, proveedores y seis memorias USB. El presunto guerrillero había sostenido que nunca lo capturarían.
El Ejército Nacional reportó, este martes, la captura de alias ‘El Jefe’, tercer cabecilla de la columna ‘Daniel Aldana’ de las FARC, en el corregimiento de San Pedro del Vino, en un sector entre los ríos Mejicano y Mira, a unas dos horas del puerto de Nariño.

En diciembre de 2015, Landa y otros 9 de los 60 viajeros de un año atrás regresaron a La Habana, esta vez como invitados al evento que daría a conocer el acuerdo sobre víctimas y revelaría algunos detalles sobre el nuevo modelo de justicia transicional al que se someterán los actores que han participado en el conflicto armado en Colombia.

A principios del 2016, por medio de algunos familiares, El Jefe, desde la Penitenciaría Nacional de Palmira, consiguió ponerse en contacto una vez más con Landa. “Yo iba en una buseta y me llamó. Me bajé y hablamos cerca de unos 20 minutos donde él me pide perdón, disculpas, mejor dicho, que fue un error lo que cometió pero que él quiere arreglar las cosas y que si yo quiero él manda al abogado para que arreglemos una visita mía allá, a la cárcel, yo le digo: no, pero. . . tú sabes que nosotros somos un colectivo y como tal salimos del territorio varios, si voy yo tienen que ir los demás. Eso fue a principio del 2016, como a mediados de septiembre, nos contactó la fiscal que lleva el caso y nos comentó que él nos tenía una propuesta. La propuesta era hacer un acto de reconocimiento de responsabilidades público, devolver unos recursos que él le quitó al Consejo Comunitario en sus inicios, pedir perdón a la comunidad por el daño que le hizo al habernos sacado y reconocer que no era como se decía, como la gente decía: que las FARC nos había sacado del territorio porque nosotros nos habíamos robado los recursos de la comunidad.

Landa, desde su lado del teléfono, también dijo que el reconocimiento no debía hacerse a través de un video, como hicieran otros guerrilleros de las FARC desde la cárceles pidiendo perdón por la muerte de dos líderes de las comunidades negras.* No, él dijo que tenía que ser personalmente, de cara a la comunidad, lo que implicaba que de alguna manera El Jefe, preso a casi 700 kilómetros, llegara una vez más hasta el territorio del Consejo Comunitario Rescate-Las Varas, esta vez para pedir perdón y conseguir así cumplir con los requisitos solicitados dentro de la justicia transicional planteada en los acuerdos entre las FARC y el Gobierno colombiano.

José Hamilton Castillo, homicida de Míller Angulo Riveros (miembro de la Mesa Municipal de Víctimas de Tumaco y de la Mesa Departamental de Víctimas asesinado el 1 de Diciembre de 2012), y Juan Carlos Caicedo, quien dio muerte a Gílmer Genaro García (Representante legal de Con s ejo Comunitario Alto Mira y Frontera, asesinado el 3 de Agosto de 2015), aceptaron un preacuerdo con la justicia en el que se incluía ese acto de perdón .

“Eso no se pudo hacer porque el abogado que él tenía renunció, entonces eso no se ha podido dar porque ha cambiado dos veces de abogados y los que llegan lo incitan a que no haga el reconocimiento… o sea que no haga el acuerdo con nosotros, un acuerdo que la fiscal redactó y trajo aquí, a la Corte de Justicia”.

El Jefe, está condenado a 17 años por extorsión, rebelión y terrorismo, pero al entrar al sistema de justicia transicional estará libre en unos 8 años. Aunque en el acuerdo para resolver el conflicto se habla de verdad, reparación y no repetición, no alcanzan a contemplarse estrategias para enfrentar el miedo a las retaliaciones que entre la gente y en los territorios, crece como maleza.

“Nosotros no queremos seguir el proceso por desplazamiento forzado para que le sigan juicio a él o algo más, porque nuestra familia está allá en el territorio y nosotros algún día tenemos que volver a Tumaco, entonces si a él lo agarraron por sus temas, allá que se defienda como pueda con lo que tiene ya imputado, igual ya nos sacó, ya el proyecto que uno tenía ya fue, digamos, coartado. Ahorita uno está empezando nuevamente y pues para seguir en dificultades es mejor quedarnos así”.

Bogotá – 2017.

En el aeropuerto en Bogotá, desde donde ahora inician todos sus viajes, Landa camina entre los demás pasajeros, carga su maleta y hala sus recuerdos.

“El acueducto que estábamos construyendo en Las Varas quedó sin terminar, y así muchas cosas. Coca ahorita hay el doble de lo que había antes, cuando nosotros la sacamos. Coca de foráneos y de la misma comunidad. Nosotros iniciamos un proceso con Cooperación Internacional, pero el Estado colombiano no cumplió con el compromiso, o sea, los recursos que se necesitaban para los proyectos que teníamos no llegaron, no cumplieron, y eso hizo que a las comunidades que estaban esperanzadas, pues no les llegó nada y frente a eso ¿qué se puede hacer? Sembrar la coca”

En Bogotá, Soledad estudió teología y trabaja en un jardín infantil en el sur de la ciudad. Flor estudia en el colegio y está por vestirse de princesa quinceañera. De noche, Landa estudia para graduarse como trabajador social, y de día trabaja con la Unidad de Víctimas, donde se ocupa de los lineamientos para los protocolos de atención con enfoque étnico y diferencial. Landa aterriza en ciudades que se levantan a orillas del Océano Pacífico y el Mar Caribe, en la selva amazónica, y en las montañas andinas. El avión, la camioneta, la bestia y los pies enfundados en botas de caucho llevan a Landa a hacer su trabajo en los territorios de negros, indígenas y raizales, pero siguen sin llevarlo de regreso a Aguacate.

“Los planes en estos momentos son terminar la carrera, consolidarme en el trabajo y regresar, si Dios quiere, a fin de año a Tumaco. De visita”

“El Jefe” no corresponde al alias usado por el personaje real. Se ha cambiado por razones de seguridad.